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miércoles, 3 de agosto de 2011

“Venceréis, pero no convenceréis”.






El Paraninfo de la Universidad de Salamanca fue testigo, el 12 de octubre de 1936, de un enfrentamiento verbal entre Miguel de Unamuno, rector de la Universidad, amen de filósofo y escritor, y el general de la legión José Millán Astray. Un enfrentamiento que de cara al exterior sería un claro reflejo de lo que supondría el régimen franquista. El motivo del que se diesen cita fue la celebración del Día de la Raza de 1936, que era como antes se conocía el 12 de octubre. 

Allí se reunieron grandes intelectuales españoles, como José María Pemán, Francisco Maldonado, o el citado Unamuno, el cual había mostrado su apoyo al régimen. También asistieron diversas personalidades franquistas como el obispo de Salamanca, Enrique Plá y Deniel, el gobernador civil, Carmen Polo (esposa de Francisco Franco) además del citado Millán Astray. Tras un intenso discurso de Pemán, el profesor Francisco Maldonado pronuncia un discurso (según el hispanista Hugh Thomas) en el que ataca violentamente a Cataluña y al País Vasco, refiriéndose a las mismas como “cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos.”  Tras este acalorado discurso Millán Astray gritó: “España” a lo que muchos asistentes, seguidores del régimen respondieron al unísono:  “Una”,  “España”, “Grande”, “España”, “Libre.” En ese momento, Unamuno se ve obligado a intervenir y pronuncia el siguiente discurso: "Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. [...] Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡Viva la muerte!" y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor." 

Acto seguido, Millán Astray, que se vio injuriado, gritó: “¡Muera la inteligencia!”. Pemán en un intento por calmar los exaltados ánimos exclamó: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”. Pero Unamuno decidido a concluir su discurso dijo: “¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España.” 

 Esta fue la última gran lección que Miguel de Unamuno impartió en la Universidad de Salamanca. Tan solo diez días más tarde, el 22 de octubre, Franco firmaba el decreto que suponía la destitución de Unamuno como rector.
Los últimos días de vida los pasó bajo arresto domiciliario en su casa, sufriendo las represalias del bando sublevado. Feneció el último día del año de 1936.

Para la elaboración de esta entrada ha sido consultada la obra de Hugh Thomas:  La Guerra Civil Española Ed. Grijalbo. Barcelona, 1984. 


miércoles, 26 de noviembre de 2008

"La legión perdida ¿realidad o leyenda?"


Marco Licinio Craso fue uno de los grandes triunviros romanos, junto a Cayo Julio César y Cneo Pompeyo Magno. Los tres formaron el primer Triunvirato, con el objetivo de controlar Roma en el año 60 a.C. En el 72 a.C. acabó con la revuelta de esclavos liderada por Espartaco en Apulia y castigó a los esclavos mediante la crucifixión de seis millares de ellos a lo largo de la vía Apia. Ávido de gloria militar se unió a Pompeyo y César en el Triunvirato. Así, en el año 53 a. C. con Julio César en las Galias y Pompeyo en Hispania, Craso buscaba fama militar en la parte oriental del Imperio, por lo que se hizo cargo de la campaña contra los partos, un poderoso reino oriental, medio bárbaro y medio griego que ocupaba los territorios de los actuales Irán, Irak y parte de Turquía. Al frente de un imponente ejército de 45.000 soldados, estaban compuestos por siete legiones, 4.000 arqueros y 4.000 jinetes que se encontraban al mando de su hijo mayor, Marco Licinio. El encuentro con los partos tuvo lugar en Carrhae siendo vencido el ejército romano. Dieron muerte a Craso e hicieron prisioneros a más de 10.000 de sus soldados. La historia es que en el 20 a.C. romanos y partos firman la paz y acordaron la devolución de los prisioneros de Carrhae, pero los restos de aquellas legiones ya no estaban, como si nunca hubieran existido.

Nos cuenta Plinio el Viejo en su Historia Natural que los prisioneros fueron llevados a Margiana, región del Asia Central. Era una zona rodeada de montes en un entorno de 1.500 estadios y de difícil acceso. En esta zona fue fundada por Alejandro Magno en el 328 a.C. una de las muchas ciudades que llevaron su nombre (Alejandría). Dicha ciudad fue destruida por los escitas y reconstruída por Antíoco I a principios del 300 a.C. quién la rebautizó como Antioquía. Este rey, pobló la ciudad con súbditos sirios. Esta ciudad existía todavía en época de Orodes II de Partia y allí fue donde envió a los prisioneros romanos. Aquí se pierde la pista de los 10.000 y es donde entra en juego la leyenda. La legión perdida reaparece en las crónicas chinas de la dinastía Han en el año 36 a.C. En ese año el general Gan Yanshou emprendió una campaña militar en los territorios fronterizos occidentales contra los nómadas xiongnu, antecesores de los hunos. La "Historia de la Dinastía Han Occidental" del biógrafo Ban Gu incluye una biografía del general Gan Yanshou, en ella Ban Gu narra que el ejército chino se encontró con un extraño contingente. Su baluarte estaba rodeado por una empalizada de madera y con una infantería desplegada en una formación similar a la tortuga, una formación de batalla de las legiones romanas, en la que los soldados se cubrían mutuamente con los escudos, formando un techo de hierro que protegía por completo cuerpos y extremidades (ver imagen superior). El ejército chino venció pero aquella infantería vencida supuso tal admiración en los chinos, que les perdonaron la vida a los últimos 1.000 soldados, los cuales, según Ban Gu, fueron destinados a la provincia de Gansu donde fundaron la ciudad de Liqian (nombre chino que denominaba a Siria) para proteger la gran muralla de los invasores. Sobre lo que fue posteriormente del resto de los soldados ya son meras especulaciones.

En el año 1955 el historiador americano Homer Hasenpflug Dubs encajó los datos de Plutarco y Plinio con las crónicas históricas de la dinastía Han. Leyendo las antiguas crónicas el historiador argumentó que el topónimo LiJien, documentado desde el año 5 de nuestra era, no es sino una variante china de "legión", un nombre que designaba también a Roma desde que los antiguos chinos tuvieron noticias de su opulencia y poder a través de sus comerciantes en Alejandría

La legión perdida, ¿realidad o leyenda?